Aprender fotografía desde cero, un hobby con el que podemos desarrollar nuestra creatividad

La fotografía tiene algo especial porque podemos empezar prácticamente en cualquier momento. No necesitamos viajar a un lugar espectacular, comprar inmediatamente una cámara profesional ni conocer todas las posibilidades que ofrece un programa de edición. Podemos comenzar simplemente observando nuestro entorno y tratando de capturar aquello que nos llama la atención. Una calle por la que pasamos todos los días, la luz que entra por una ventana o un paisaje durante una excursión pueden convertirse en nuestros primeros motivos para practicar.

Al principio es normal que muchas fotografías no se parezcan demasiado a lo que habíamos imaginado. Quizá aparezcan demasiado oscuras, el protagonista no destaque o descubramos después que hemos incluido elementos que distraen completamente la mirada. Lejos de ser un problema, estos errores forman parte del aprendizaje. Fotografiar también consiste en aprender a observar y entender por qué una imagen funciona mejor que otra, algo que vamos descubriendo con práctica y paciencia.

Esa es una de las razones por las que la fotografía puede convertirse en un hobby tan entretenido. Siempre encontramos algo nuevo que aprender. Primero queremos conseguir imágenes correctamente expuestas, después empezamos a prestar atención a la composición y poco a poco descubrimos el enorme papel que tienen la luz, el color, la profundidad o la edición. No necesitamos dominarlo todo desde el primer día, porque precisamente una parte de la diversión se encuentra en notar cómo nuestras fotografías van cambiando a medida que aprendemos.

Podemos empezar incluso con la cámara de nuestro teléfono

Uno de los mayores obstáculos cuando alguien quiere iniciarse en fotografía es pensar que necesita comprar un equipo costoso. Una cámara con objetivos intercambiables ofrece muchas posibilidades y puede convertirse en una herramienta fantástica cuando queremos profundizar, pero no es imprescindible para comenzar a desarrollar nuestra mirada. Los teléfonos actuales nos permiten practicar cuestiones fundamentales como el encuadre, la composición, la elección del momento o la utilización de la luz que tenemos disponible.

Lo importante al principio es acostumbrarnos a observar antes de disparar. En lugar de sacar el teléfono y hacer inmediatamente una fotografía, podemos dedicar unos segundos a mirar alrededor. Quizá movernos dos metros hacia un lado permita eliminar un elemento que distrae, agacharnos cambie completamente la perspectiva o esperar unos segundos haga que una persona entre justo en el lugar adecuado del encuadre. Son decisiones pequeñas que no dependen del precio de nuestra cámara y que pueden modificar mucho el resultado.

Cuando empecemos a sentir curiosidad por controlar más aspectos podremos aprender a utilizar una cámara con ajustes manuales. Conceptos como apertura, velocidad de obturación e ISO forman parte de las bases técnicas de la fotografía y nos ayudan a comprender cómo se obtiene una exposición determinada. Nikon recuerda precisamente que estos tres elementos afectan a la exposición de una imagen, aunque dominar la parte técnica no es lo único que necesitamos para desarrollar una visión creativa.

Aprender a mirar puede ser más importante que aprender todos los botones

Cuando estrenamos una cámara podemos sentirnos abrumados por la cantidad de botones, menús y configuraciones disponibles. Queremos saber para qué sirve absolutamente todo antes de comenzar a hacer fotografías, cuando en realidad podemos aprender progresivamente. Entender unas pocas funciones básicas y salir a practicar suele resultar mucho más útil que intentar memorizar un manual completo sin poner los conocimientos en práctica.

La composición es un buen ejemplo. Consiste, de una manera sencilla, en decidir cómo organizamos aquello que aparece dentro de nuestra fotografía. Podemos preguntarnos qué queremos que mire primero quien vea la imagen, qué elementos aportan información y cuáles distraen. Existen recursos conocidos como la regla de los tercios, las líneas que conducen la mirada o la utilización de diferentes planos, pero no debemos interpretarlos como normas que nunca podemos romper. Incluso una composición completamente centrada puede funcionar muy bien cuando se utiliza de forma intencionada.

Podemos practicar la composición sin modificar ningún ajuste técnico. Basta con elegir un objeto y fotografiarlo desde diferentes posiciones. Primero podemos colocarlo en el centro, después hacia uno de los lados, acercarnos, alejarnos o dejar más espacio alrededor. Cuando comparemos las imágenes, descubriremos que, aunque el protagonista sea exactamente el mismo, cada fotografía transmite una sensación distinta. Este tipo de ejercicio sencillo nos ayuda a desarrollar criterio sin convertir el aprendizaje en una acumulación de conceptos difíciles de recordar.

La luz puede transformar completamente una misma escena

Fotografiar significa trabajar con luz y por eso merece la pena aprender a observarla. Una misma calle puede resultar completamente diferente a primera hora de la mañana, al mediodía o cuando empieza a ponerse el sol. También cambia dependiendo de si el cielo está despejado o cubierto. Cuanto más fotografiamos, más conscientes somos de estos cambios y empezamos a mirar nuestro entorno de una manera que probablemente antes pasaba desapercibida.

La dirección de la luz también modifica aquello que vemos. Una iluminación frontal puede producir un resultado muy diferente de una luz lateral que marque las texturas y genere sombras. Un contraluz puede convertir una escena cotidiana en una imagen mucho más llamativa si sabemos aprovecharlo. No necesitamos memorizar inmediatamente todos los tipos de iluminación. Podemos comenzar observando dónde se encuentra la fuente de luz y cómo cambia el aspecto de nuestro protagonista cuando nos desplazamos alrededor.

También podemos practicar dentro de casa utilizando algo tan sencillo como una ventana. Podemos colocar un objeto cerca de ella y observar cómo cambia cuando lo giramos o modificamos su distancia respecto a la luz. Este tipo de ejercicios nos permite comprender conceptos que posteriormente podremos aplicar a retratos, bodegones, fotografía gastronómica y muchas otras situaciones. Una vez que empezamos a prestar atención a la iluminación, resulta difícil dejar de hacerlo, porque descubrimos hasta qué punto condiciona el aspecto final de una fotografía.

No tenemos que fotografiar cosas extraordinarias para conseguir imágenes interesantes

Es habitual pensar que nuestras fotografías mejorarían muchísimo si pudiéramos viajar continuamente a paisajes espectaculares. Evidentemente, estar delante de un lugar impresionante puede ofrecernos oportunidades fantásticas, pero un escenario bonito no garantiza automáticamente una buena fotografía. Si no prestamos atención a la luz, al encuadre y a aquello que queremos contar, podemos regresar de un viaje increíble con cientos de imágenes que terminan pareciéndose bastante entre ellas.

Para practicar podemos buscar motivos mucho más cercanos. Nuestro barrio puede servirnos para experimentar con fotografía urbana, un parque permite trabajar con naturaleza y una habitación puede convertirse en un pequeño espacio para practicar con objetos, retratos o luces. Incluso podemos proponernos fotografiar un mismo lugar durante diferentes días y condiciones meteorológicas. La limitación puede obligarnos a buscar soluciones nuevas y desarrollar nuestra creatividad mucho más de lo que imaginábamos.

Cuando salimos a practicar, podemos centrarnos en pequeños objetivos como estos:

  • Buscar reflejos en escaparates, cristales o superficies con agua.
  • Fotografiar una misma escena desde diferentes alturas.
  • Utilizar líneas para dirigir la mirada hacia el protagonista.
  • Buscar contrastes entre zonas iluminadas y sombras.
  • Intentar contar una pequeña historia con varias fotografías.
  • Elegir un único color y buscarlo en diferentes lugares.
  • Volver a fotografiar un sitio conocido con una luz distinta.

No necesitamos realizar todos estos ejercicios durante una misma salida. Elegir uno y dedicarle un rato puede ser suficiente para empezar a observar cosas que anteriormente pasaban desapercibidas.

Editar también forma parte del proceso creativo

Existe la idea de que una buena fotografía debería salir completamente terminada de la cámara, pero la edición forma parte del proceso fotográfico desde hace mucho tiempo. Cuando trabajamos con archivos digitales, podemos ajustar diferentes aspectos de una imagen para acercarla al resultado que buscamos. El contraste, las luces, las sombras o el color pueden modificarse posteriormente, aunque editar no significa necesariamente transformar por completo aquello que hemos fotografiado.

Según informan desde Photography Makers, a la hora de editar una fotografía podemos prestar atención a elementos como la luz, el color, la profundidad y la atmósfera que queremos transmitir. Analizar primero la imagen permite identificar qué aspectos necesitan realmente algún ajuste y evita que la edición se convierta simplemente en aplicar cambios sin una intención concreta. De esta manera, el procesado puede entenderse como una parte más del proceso creativo, en la que las decisiones que tomamos ayudan a reforzar aquello que queríamos transmitir cuando hicimos la fotografía.

Al principio podemos mantener la edición bastante sencilla. Ajustar ligeramente la exposición, recuperar determinadas zonas claras u oscuras, corregir el balance de blancos o modificar el encuadre ya puede enseñarnos muchísimo. Conforme avancemos, podremos descubrir herramientas más complejas y desarrollar una forma personal de trabajar. Lo importante es aprender qué efecto produce cada modificación para no terminar moviendo controles al azar hasta encontrar accidentalmente un resultado que nos guste.

El color puede ayudarnos a contar una historia

El color es uno de esos elementos que utilizamos desde el principio aunque todavía no sepamos explicar por qué funciona. Podemos sentir que una fotografía transmite tranquilidad, energía, nostalgia o cierta sensación de misterio sin ser plenamente conscientes de que los colores están contribuyendo a producir esa impresión. Aprender a observarlos nos permite utilizarlos de una manera más intencionada, tanto cuando hacemos la fotografía como cuando posteriormente la editamos.

Podemos empezar buscando combinaciones sencillas. Quizá encontremos una persona vestida de rojo delante de una pared de un tono completamente diferente o una escena donde prácticamente todos los elementos comparten colores similares. Poco a poco podemos aprender conceptos relacionados con tono, saturación, luminancia y armonías cromáticas.

Tampoco debemos obsesionarnos con conseguir colores espectaculares en todas nuestras fotografías. Algunas imágenes funcionan precisamente porque presentan tonos suaves y otras pueden ganar fuerza con colores más intensos. Incluso podemos decidir trabajar en blanco y negro cuando el color distrae de aquello que queremos mostrar. Lo interesante es empezar a preguntarnos por qué elegimos una opción determinada. Cuando dejamos de aplicar ajustes simplemente porque quedan bonitos y comenzamos a tomar decisiones con una intención concreta, estamos desarrollando nuestro propio criterio.

Equivocarnos es una de las mejores formas de aprender

Cuando comenzamos, es fácil compararnos con fotógrafos que llevan muchos años trabajando y pensar que nunca conseguiremos resultados parecidos. Lo que normalmente no vemos son las miles de fotografías que esas personas han realizado antes de llegar a su nivel actual. Vemos una selección de sus mejores trabajos, no todos los intentos fallidos, las imágenes desenfocadas, los encuadres que no funcionaron o las ediciones que posteriormente decidieron descartar.

Revisar nuestros errores puede enseñarnos mucho. Si una fotografía está movida, podemos preguntarnos si utilizamos una velocidad demasiado lenta. Si el protagonista se pierde dentro del encuadre podemos revisar la composición. Si una imagen tiene zonas demasiado claras podemos estudiar qué ocurrió con la exposición. De esta manera, un error deja de ser simplemente una mala fotografía y se convierte en información que podemos utilizar la próxima vez que nos encontremos ante una situación parecida.

También resulta interesante guardar algunas fotografías antiguas. Cuando llevamos meses practicando y volvemos a ellas podemos descubrir errores que anteriormente ni siquiera éramos capaces de identificar. Esa comparación nos permite comprobar nuestro progreso de una manera bastante más realista que comparándonos constantemente con otras personas. Puede que todavía tengamos muchísimo que aprender, pero observar que ahora tomamos decisiones que antes desconocíamos es una buena forma de comprobar que la práctica realmente está funcionando.

Encontrar nuestro estilo requiere tiempo y muchas fotografías

Al comenzar podemos sentirnos atraídos por estilos muy diferentes. Un día queremos hacer paisajes, al siguiente fotografía urbana y poco después empezamos a interesarnos por los retratos o la fotografía nocturna. No existe ningún problema en experimentar. De hecho, probar disciplinas diferentes puede ayudarnos a descubrir qué tipo de imágenes disfrutamos realmente haciendo y qué elementos terminan repitiéndose de manera natural en nuestro trabajo.

Con el tiempo podemos empezar a detectar ciertas preferencias. Quizá nos atraigan especialmente las escenas oscuras, los colores suaves, las fotografías minimalistas o los encuadres con mucha profundidad. También puede ocurrir que nuestra manera de editar empiece a mantener cierta coherencia entre imágenes diferentes. El estilo no debería convertirse en una obligación que decidimos artificialmente desde el primer día, sino en algo que vamos descubriendo después de hacer muchas fotografías y analizar cuáles nos representan mejor.

Aprender fotografía desde cero no consiste en memorizar una cantidad enorme de reglas hasta convertirnos en expertos. Consiste en salir, mirar, probar, equivocarnos y volver a intentarlo con un poco más de conocimiento que la vez anterior. Podemos comenzar con un teléfono, pasar posteriormente a una cámara y descubrir poco a poco la composición, la luz, el color y la edición. Lo importante es mantener la curiosidad porque, cuando empezamos a mirar nuestro entorno pensando en fotografías, incluso los lugares que conocemos desde hace años pueden ofrecernos algo nuevo que todavía no habíamos visto.

 

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