Hay películas que, más que contar una historia, obligan a mirar una realidad que normalmente pasa desapercibida. Maspalomas, ganadora del Goya a mejor actor para José Ramón Soroiz en 2026, es una de ellas. Tras títulos como La trinchera infinita, Marco o Handia, Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi —el dúo creativo de Moriarti— vuelven a poner el foco en personajes atravesados por conflictos íntimos, pero con una dimensión profundamente social. En esta ocasión, se acercan a un tema poco habitual en el cine: la homosexualidad en la vejez y cómo la identidad puede volverse vulnerable al entrar en una residencia.
La película parte de una idea muy sencilla: qué ocurre cuando alguien que ha construido su vida desde la libertad y la afirmación de quién es, se encuentra, de repente, en un espacio donde esa libertad empieza a encogerse. Más que ofrecer respuestas, Maspalomas observa ese proceso y abre preguntas sobre el deseo, el miedo y la necesidad de seguir siendo uno mismo incluso en la última etapa de la vida.
Vicente: una vida vivida con libertad… hasta que todo cambia
La historia de Maspalomas gira en torno a Vicente, un hombre de 76 años abiertamente gay que, a pesar de su contexto, ha logrado construir su vida desde la autenticidad. Ha vivido su identidad con normalidad, sin esconderse, sin negar quién es. Sin embargo, un accidente cambia por completo su realidad. Tras ese episodio, Vicente ingresa en una residencia de mayores, donde se ve obligado a replantearse algo que pensaba superado: su visibilidad. En ese nuevo entorno, más normativo de lo que parece a primera vista, comienza a sentirse empujado de nuevo al armario.
No se trata de una prohibición explícita, ni de una norma escrita. Es algo más sutil y, por ello, más peligroso: dinámicas sociales, silencios, incomodidad ajena, y la sensación de que ciertas identidades “no encajan” en determinados espacios.
Volver al armario en la tercera edad
Uno de los elementos más impactantes de la película es precisamente ese: la idea de “volver al armario” en la última etapa de la vida. La idea nace, según explican los propios directores, tras leer un artículo que señalaba que era relativamente habitual que personas homosexuales que habían vivido con normalidad su condición sexual, al ingresar en residencias de mayores, regresaran a una forma de ocultamiento. Este fenómeno no siempre responde a una discriminación directa, sino a algo más complejo: la adaptación al entorno, el miedo a la incomodidad, la búsqueda de evitar conflictos o la simple inercia de décadas de silencios previos.
En este contexto, la residencia deja de ser únicamente un espacio de cuidado para convertirse también en un escenario donde la identidad se negocia constantemente.
Una historia de cine con raíces profundas
Maspalomas no aparece de la nada dentro del cine español. Forma parte de una línea de trabajo de los Moriarti, que suelen explorar en sus películas cómo la identidad, la ocultación y la tensión entre lo que somos y lo que mostramos, siempre han estado presentes. En esta ocasión, sin embargo, el enfoque es distinto. No se trata de la ocultación por miedo político o social en la juventud, sino de la fragilidad de la identidad en la vejez, cuando las estructuras de vida cambian por completo.
La homosexualidad en la vejez: una realidad poco visible
La historia de Vicente no es una excepción absoluta, aunque sí poco representada. Las personas mayores LGTBI forman parte de una generación que ha atravesado cambios sociales enormes en muy poco tiempo. Muchas de ellas vivieron su juventud en contextos donde la diversidad sexual estaba invisibilizada o directamente reprimida. Con el paso de los años, algunas consiguieron vivir con mayor libertad, especialmente en entornos urbanos o más abiertos.
Sin embargo, la llegada a la vejez introduce nuevos factores: dependencia, convivencia en espacios compartidos, pérdida de autonomía y necesidad de cuidados. Es en ese punto donde surgen preguntas importantes: ¿puede una persona mantener su identidad plenamente visible en un entorno institucional? ¿Qué ocurre cuando esa identidad entra en contacto con desconocidos en situaciones de vulnerabilidad?
Las residencias como espacios de vida, no solo de cuidado
El impacto de Maspalomas ha abierto también un debate sobre el papel de las residencias de mayores en la sociedad actual. Durante años, estos espacios se han percibido principalmente como lugares de asistencia. Sin embargo, en la actualidad se entiende cada vez más que son también espacios de convivencia, identidad y participación.
En este sentido, algunas residencias están trabajando para reforzar un modelo más humano e integrador, donde cada persona pueda mantener su historia de vida sin necesidad de ocultarla o adaptarse a normas implícitas de comportamiento. Los profesionales de Residencia Castilla, nos recuerdan la importancia de la integración y participación de las personas en la comunidad de la residencia. Este enfoque resulta especialmente relevante cuando se habla de diversidad afectivo-sexual, ya que pone el foco en algo esencial: cada residente debe poder formar parte de la comunidad sin renunciar a su identidad.
En la práctica, esto significa algo muy concreto: poder hablar de la propia vida, de la pareja, de las experiencias personales, sin miedo a ser juzgado o invisibilizado. Significa también que el entorno no imponga silencios, sino que acompañe con normalidad todas las realidades.
El impacto emocional del “silencio forzado”
Uno de los aspectos más interesantes que plantea la película no tiene que ver con una discriminación abierta o evidente, sino con algo mucho más difícil de detectar: el peso del silencio aprendido. Para muchas personas mayores LGTBI, crecer y vivir durante buena parte del siglo XX implicó desarrollar estrategias de protección que hoy pueden parecer invisibles: evitar ciertas conversaciones, no hablar de relaciones afectivas, medir los gestos o adaptar el lenguaje para no exponerse. En muchos casos, no era una elección, sino una forma de sobrevivir socialmente.
Por eso, el conflicto que sugiere Maspalomas va más allá del rechazo explícito. Entrar en una residencia puede significar también entrar en un entorno nuevo donde aparecen preguntas aparentemente cotidianas —quién viene a visitarte, de quién tienes fotos, cómo hablas de tu vida— pero que reactivan viejos mecanismos de ocultación.
No hace falta que exista una norma ni una prohibición para que alguien vuelva a esconder partes de sí mismo. A veces basta con percibir que mostrarse requiere demasiada explicación, que es mejor evitar incomodidades o que determinadas experiencias no serán comprendidas.
Ese repliegue tiene consecuencias emocionales profundas. No solo aparece la sensación de invisibilidad o de aislamiento, sino también algo más difícil de nombrar: la impresión de que una parte de la propia biografía deja de tener espacio. Cuando la identidad vuelve a convertirse en algo que se administra en silencio, también se debilita la posibilidad de sentirse reconocido por los demás y por uno mismo.
En ese sentido, la película plantea una pregunta que trasciende la experiencia LGTBI: hasta qué punto conservar la autonomía en la vejez significa también conservar el derecho a seguir contando quién eres.
Envejecer sin dejar de ser uno mismo
Aunque la historia de Vicente parte de una experiencia concreta, la pregunta que deja abierta es mucho más amplia: qué significa seguir siendo uno mismo cuando la vida cambia de forma radical.
La entrada en una residencia suele presentarse como una decisión práctica —una necesidad de cuidados, de acompañamiento o de seguridad—, pero también supone una transición biográfica importante. Cambian los horarios, los espacios privados, las relaciones cotidianas e incluso pequeñas decisiones que durante años definieron la autonomía de una persona.
En ese contexto, conservar la identidad no consiste únicamente en mantener grandes rasgos de personalidad o recuerdos importantes. También tiene que ver con aspectos aparentemente menores: seguir eligiendo cómo vestir, mantener costumbres, conservar objetos con valor afectivo, hablar de determinadas etapas de la vida o decidir cuánto compartir con los demás.
La película sugiere que envejecer no significa convertirse en alguien distinto ni empezar de cero. Cada persona llega a esa etapa con una historia acumulada: relaciones, pérdidas, logros, rutinas, contradicciones y formas propias de entender el mundo. El reto de los espacios de cuidado no es homogeneizar esas trayectorias, sino hacerles sitio. Por eso, cada vez se habla más de modelos centrados en la persona: entornos que no entienden el cuidado únicamente como atención física, sino también como acompañamiento emocional y reconocimiento de la biografía individual.
Al final, la cuestión no es solo cómo queremos que nos cuiden cuando seamos mayores, sino si seguiremos teniendo margen para decidir quiénes somos cuando necesitemos que otros nos cuiden.
Conclusión: lo que Maspalomas nos recuerda
Maspalomas no es solo una película sobre la homosexualidad en la tercera edad. Es, sobre todo, una película sobre algo mucho más universal: la relación entre identidad y vulnerabilidad, y sobre cómo incluso las libertades que parecen conquistadas pueden depender del entorno que habitamos. La historia de Vicente muestra que la autonomía no desaparece únicamente cuando el cuerpo cambia o cuando aumentan las necesidades de cuidado. También puede verse afectada cuando dejamos de decidir sobre aspectos cotidianos, cuando sentimos que ciertas partes de nuestra historia ya no tienen lugar o cuando empezamos a adaptarnos para encajar en espacios que no siempre están pensados para la diversidad de trayectorias vitales.
Llegar a una residencia, necesitar ayuda o entrar en una etapa de mayor dependencia no elimina décadas de experiencias, vínculos, recuerdos y formas de entender la vida. La persona sigue estando ahí, aunque cambien sus circunstancias. Por eso, el debate que abre Maspalomas va más allá del cine o de una realidad concreta. Habla de cómo imaginamos los cuidados y de qué entendemos por una vejez digna. No se trata únicamente de ofrecer seguridad o atención médica, sino también de crear espacios donde las personas puedan seguir reconociéndose a sí mismas.
Y ahí las residencias, las familias y la sociedad tienen un papel decisivo: no solo cuidar, sino reconocer. Entender que acompañar a alguien en las últimas etapas de la vida implica también hacer sitio a su historia, sus decisiones y su manera de estar en el mundo. Porque conservar la identidad no es un lujo ni un rasgo secundario del bienestar; también forma parte de lo que significa vivir con dignidad hasta el final.