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James Dean, el mito en un instante

Llovía sobre Nueva York, un día gris, un día cualquiera, y en Times Square un muchacho de ojos claros, con el cuello de su gabardina en alto, las manos refugiadas en los bolsillos y un cigarro entre los labios, caminaba tensando los hombros mientras la cámara de su amigo se apropiaba de ese instante. Un instante que saldría publicado en la revista LIFE seis meses antes de que James Dean se matase en un accidente de coche el 30 de septiembre de 1955. Tenía 24 años.

Antonio Mérida Ordás
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James Dean

James Dean, en una imagen de 1955.

El fotógrafo era Dennis Stock, se habían conocido poco antes, siendo los dos solo un comienzo, y la amistad de este con la estrella es la trama de Life, la nueva película de Anton Corbijn que se ha estrenado esta semana en nuestra cartelera. El director, también fotógrafo, reconocido por retratar a grandes bandas musicales como por ejemplo a Joy Division, se dio a conocer con su aplaudida ópera prima, 'Control', en la que relata los últimos años del enigmático cantante Ian Curtis hasta su trágico suicidio. 

Un jovencísimo Dean se echaba el flequillo atrás masticando aquella idea: ser actor. Más bajito de lo que Hollywood querría, remató su formación en el Actor´s Studio y, tras encadenar varios papeles en Broadway, el director Elia Kazan, que venía de rodar Un tranvía llamado deseo, le fichó en 1954 para protagonizar su próxima película, Al este del edén. Recibe una nominación al Oscar y el calor eufórico de un público joven que alcanzaría sus más altas cotas tras el estreno de su siguiente asalto a la gran pantalla, Rebelde sin causa. La película de Nicholas Ray lo convertiría definitivamente en un icono popular, en una figura que parecía aproximarse a pasos agigantados a la de su ídolo, el solo unos años más joven Marlon Brando, cuyos destinos se atraían como imanes hasta que la muerte de Dean diese el golpe definitivo convirtiéndolo ya en mito. Cortando una trayectoria que solo empezaba y ya rondaba lo más alto, mientras que el otro avanzaría por los años de forma irremediable, consumiendo poco a poco su leyenda. Eran mediados de los años 50 y ambos murmuraban aquel verso de Sylvia Plath que no conocían: Mañana el mundo será ya nuestro: ya os avisamos. Dos personalidades que es fácil imaginar tan alejadas, tan parecidas, cuyo mundo funcionaba ajustándose a lo que Robert Duvall diría de Marlon Brando muchos años después en una entrevista a Esquire: Ese tipo tiene sus propias reglas.

James Dean se convirtió en James Dean. En una interpretación explosiva que le arrastraba una y otra vez a las improvisaciones, con el Método anclado al tobillo; en un rostro joven, canalla y angustiado, en la estrella que viste una camiseta blanca y vaqueros, en el representante envuelto en humo de un ansia de libertad que arañaba las paredes de toda una generación. Su muerte al volante del Porsche que acababa de comprarse conmocionó al mundo. Se partió el cuello al chocar con un Ford Tudor mientras iba a competir en un circuito de carreras. Viviendo rápido, muriendo joven, dejando un cadáver hermoso.

Apenas acababa de saltar al ruedo. Estaba terminando de rodar su tercera película, Gigante, con George Stevens, junto a Elizabeth Taylor y Rock Hudson, melodrama que le valdría una nominación póstuma al Oscar. Cerraba así su muerte una carrera breve que se ha reverenciado durante 60 años, un actor que reconoció encontrarse más cómodo dentro de sus personajes que de él mismo, y al final, como un capricho del destino, su propia sombra terminaría sobrepasando cualquiera de sus ficciones.

 

 

Categoría: Cine y TV
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